CI.- Adeline Virginia Stephen nació el 25 de enero de 1882 en Londres, Inglaterra. Nunca fue a la escuela, su educación estuvo a cargo de sus padres, los cuales le enseñaron lenguas clásicas y literatura con la ayuda de prestigiosos profesores particulares que hacían parte de los círculos intelectuales más afamados de la sociedad londinense.
En 1895, con tan solo 13 años, Virginia perdió a su madre a raíz de una grave enfermedad y dos años después murió su hermana más cercana. Estos acontecimientos la introdujeron en una fuerte depresión, condición que la acompañaría hasta el día de su muerte, que la obligó a aislarse de su familia y amigos.
Sin embargo, solo hasta 1905 con la muerte de su padre Virginia fue diagnosticada con trastorno bipolar y depresión mayor de rasgos delirantes, por lo que estuvo internada durante meses en una clínica de reposo.
A lo largo de su vida, Woolf se vio acosada por continuas crisis nerviosas y enfermedades asociadas. Aunque esta inestabilidad a menudo influyó en su vida social, su productividad literaria continuó con pocas interrupciones hasta su suicidio.
Hizo parte del exclusivo Círculo de Bloomsbury, un grupo de artistas diversos muy críticos con la sociedad y las costumbres de la época.
En 1912, cuando contaba treinta años, se casó con el escritor Leonardo Woolf, un economista judío miembro también del grupo de Bloomsbury.
La pareja compartió un lazo sentimental muy fuerte, al tiempo que trabajaron juntos en la conformación de la editorial Hogarth Press.

Virginia Woolf en 1939
Una mujer que escribió sobre las mujeres
Virginia fue una gran representante del movimiento narrativo moderno inglés. Experimentó con la estructura temporal y espacial de la narración, perfeccionó en sus novelas el monólogo interior como herramienta en la que los personajes mezclan el mundo racional y el irracional.
Además, fue pionera en la reflexión sobre la condición de la mujer, la identidad femenina y las relaciones de la mujer con el arte y la literatura.
Sus obras más famosas incluyen las novelas La señora Dalloway (1925), Al Faro (1927), Orlando: una biografía (1928), Las olas (1931) y Una habitación propia (1929), ensayo con el que fue redescubierta en 1970 por el movimiento feminista. En este ensayo, Virginia expuso las dificultades de las mujeres para consagrarse a la escritura en un mundo dominado por los hombres. Es un llamamiento a reivindicar la voz femenina, lo escribió nueve años después de que se aceptara el voto femenino en Inglaterra.
Criticó abiertamente el patriarcado y profundizó en teorías existencialistas dirigidas al ser hombre y al ser mujer.
Asimismo, en su última obra, Entre actos (1941), publicada de forma póstuma, la escritora dejó evidencia de sus más grandes preocupaciones: la transformación de la vida a través del arte, la ambivalencia sexual y la reflexión sobre temas del flujo del tiempo y de la vida.
“Por diversos que sean los sexos, se confunden. No hay ser humano que no oscile de un sexo a otro, y a menudo solo los trajes siguen siendo varones o mujeres, mientras que el sexo oculto es lo contrario del que está a la vista”. (Fragmento de Orlando, 1928).
“La vida es sueño; el despertar es lo que nos mata”
Durante el estallido de la Segunda Guerra Mundial fue declarada junto a su esposo como enemiga de Hitler, por tanto objetivo militar de los nazis. Esto hizo que su estado empeorara considerablemente.
El 28 de marzo de 1941 se suicidó, llenó su abrigo de piedras y se sumergió en el río Ouse; su cuerpo fue encontrado 3 meses después. En la carta de despedida a su amado escribió:
“Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido, en todos los sentidos, todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que, sin mí, tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé.
Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe—: si alguien podía haberme salvado, habrías sido tú. Todo lo he perdido, excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo”.
CI DM/25/01/2025/18:00

