09 ago. CI.- Mientras miraba el techo de la habitación, repasaba los últimos y agitados meses de mi vida. La húmeda Leticia, capital del Amazonas, hervía, a pesar de que el sol no golpeaba de lleno sus desoladas calles. En mi cuarto el ventilador zumbaba como intentando revolver el aire pegajoso o levantar un poco el ‘bochorno’: una lucha que perdía en cada giro de astas.

Amigos y conocidos ya me habían advertido de la humedad; sin embargo, cuando el pequeño avión de carga que nos prestó el ministerio de salud aterrizó después de dos horas de vuelo, el calor cayó sobre mí con una fuerza sorprendente.

En el hospital, pacientes y posibles contagiados inundaban salas y pasillos, mientras las enfermeras locales intentaban priorizar algunos y a otros devolverlos con una lista de cuidados básicos. 

Estando en la cama de mi habitación descansaba mientras escuchaba una telenovela turca. Mientras tanto, pensaba si el dolor de garganta que me había empezado desde hace días me dejaría bajar al comedor, la única zona permitida para el personal de salud en el hotel en que nos dejaron.

No sabía muy bien cuánto tiempo del día había estado dormida, y no lograba diferenciar la última vez que había ido a comer. Los días anteriores se sentían como una masa de recuerdos confusos y que se definían por la rutina de lo que pasaba en el hotel y el hospital.

Mi cabeza estaba llena de recuerdos de pacientes, crisis respiratorias y horribles fallecimientos que intentaba reprimir para no perder la cordura.

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Me levanté aún adormecida y vi la habitación iluminada por un tenue color azul del televisor y algunos rayos de sol que entraban por el espacio que dejaban las cortinas. En la mesa de noche estaba el celular bailando y alumbrando en la oscuridad; quizá era una llamada del personal de salud designado a monitorear mi evolución; quizá un mensaje que llegaba desde Bogotá, preguntando cómo iba todo; o quizá era la alarma que marcaba el inicio de mi frenética rutina que había sido suspendida por una cuarentena impuesta a mí y a todos los que habíamos trabajado con el más reciente caso positivo registrado.

Todo se sentía muy raro. No solo por el cosquilleo que aún recorría mis brazos y piernas, y me hacía saber, que a pesar de haber descansado, las jornadas acumuladas hasta de 36 horas atendiendo en el hospital habían agotado hasta lo más profundo de mi cuerpo. O quizá lo extraño era Leticia y la manera en la que esta ciudad, ubicada entre la selva amazónica al sur de Colombia, se comparaba a mi casa y a mi rutina en Bogotá.

Se sentía raro tener esta pausa obligatoria entre el ajetreado ritmo que había tomado mi vida desde la pandemia. Solo ahora, en esa extraña calma obligada por la cuarentena, podía hacer conciencia del tiempo y de todo lo que había pasado.

Al principio la oportunidad de trabajar de manera fija como enfermera me entusiasmó; podría dejar de trabajar por turnos y abandonar la dinámica de ser remunerada únicamente por horas. Aunque sentía miedo por las imágenes de las salas de los hospitales a reventar, y los testimonios del personal de la salud en Europa, quise ver este cambio en mi vida como una oportunidad de redefinir mi vocación y mi vida misma. Así asumí la responsabilidad de tener personas a cargo como enfermera jefe en la sala de urgencias de un hospital en Bogotá.

Sin embargo, lentamente todo comenzó a caerse por su propio peso. Los sueldos que se habían destinado para el nuevo personal de la salud se demoraron un mes y medio en ser pagados; asimismo, los elementos de bioseguridad necesarios para tratar y cuidar a los pacientes enfermos de Covid-19 llegaban tarde e incompletos. Muchas veces nos tocó hacer recolecta entre todos los funcionarios para conseguir las mascaras de seguridad o los trajes que usábamos en turnos inhumanamente largos.

Algunos compañeros intentaron denunciar las precarias condiciones laborales pero fueron estigmatizados y, en algunos casos, les retiraron la licencia de trabajo. De un momento a otro pasamos de recibir pacientes ocasionales, con sospecha de contagio o síntomas tempranos, a estar inundados de casos positivos que, en ocasiones, empeoraban hasta ahogarse en vida.

Poco a poco la situación se hizo cada vez más insostenible, mientras las salas de urgencias se llenaban de pacientes en estados crítico de salud, y mientras los elementos de bioseguridad eran racionados al extremo. En un mismo teatro estaban las promesas del ministro de salud y de los representantes del Gobierno en las que aseguraban, supuestamente, mejorar las condiciones del personal de la salud, así como las optimistas alocuciones presidenciales en las que juega con las narrativas de una batalla contra una fuerza sobrenatural, extraña e importada.

No solo tuvimos que sufrir el abandono histórico al sector salud, que en Colombia está diseñado para garantizar las ganancias de las Empresas que tienen clientes y no pacientes; también tuvimos que enfrentar la discriminación a los trabajadores del sector por temor al virus. Más de una vez nos negaron la entrada a supermercados, restaurantes, o simplemente nos miraban con desprecio en la calle y en el transporte público.

Un tiempo después llegó la orden de trasladar personal de salud hacia las zonas más golpeadas por la pandemia. El traslado fue presionado desde el Ministerio de salud, pues quiénes no lo aceptaran mínimo durante tres meses a Chocó, Leticia o Cali, se les retirarían las licencias de trabajo.

El panorama era tan oscuro que junto al personal de la salud viajaban soldados y ataúdes.

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Ahora estoy cansada. Cansada de las extensas e inhumanas jornadas diseñadas para sacar el máximo provecho del poco material de protección que tenemos y que muchas veces nos obligan a reciclar. Cansada del miedo a contagiarme que cada vez siento más cerca, mientras muchos de mis compañeros ya están enfermos por el virus. Cansada de la estigmatización que comienza apenas termina el turno y pongo un pie por fuera del hospital. Pero sobre todo, estoy cansada de ese discurso de ser la primera línea de guerra. 

Esa narrativa del heroico sector salud que, por ser los primeros en el combate, se sacrifican, no es más que una forma elegante de esconder las responsabilidades en esta situación: la responsabilidad de privatizar y abandonar el sistema de salud; la responsabilidad de haber tomado decisiones mediocres con las que han hecho frente a la pandemia, sin ampliar la cobertura y la calidad de la atención; la responsabilidad de implementar medidas que agravan los niveles de contagio, como los días de promociones comerciales o la apertura temprana de algunos sectores.

El teléfono suena, la última prueba volvió a salir negativa. Por lo pronto todo está bien así que mañana vuelvo temprano al hospital. No tengo coronavirus, aún, y por alguna razón siento alivio. 

*Este es un relato basado en la experiencia de una enfermera jefe que ejerce en Leticia, Amazonas. La identidad no fue revelada a petición de la fuente.

CI YA/ND/09/08/2020/15:30