#ContarParaSanar

#YoTambién

17 oct. CI.- “Si todas las mujeres que han sido acosadas sexualmente o agredidas escribiéramos ‘#yotambién’, podríamos dar una idea de la magnitud del problema”. Este es un mensaje que apareció esta mañana en tres idiomas en mi infinito muro de Facebook. Me quede viendo pensé en si copiarlo o no. Me daba pereza- “¿Otra vez?”, me dije. Y luego sentí la fuerza de #Contarparasanar.

Tenía 14 años. No había tenido novios. Era uno de tantos patitos feos. Mi vida social se había vuelta interesante desde hacía unos meses. Salía a discotecas, escondida, con una amigas que tenían 16. Discotecas que dejan entrar gratis nenas menores para atraer el cliente. Un día conocimos a un grupo de chicos. Había un rapero de 24 años. Una belleza. ¡Y quería salir conmigo! ¡Qué dicha! Empezaba en grande. Por fin.

Un primer beso, frío, es lo que recuerdo. En una estación de transporte. Me llevó al cuarto de una de estas casas sin padres. En la misma cama estaba mi amiga de 16 con su trofeo. Los chicos comentaban lo mojada o seca que estábamos. Me preguntó si era virgen y le dije que sí. Sangre. No lo disfrute pero estaba orgullosa.

Habíamos hecho el plan de ir a la noche siguiente donde esa misma amiga, cuyo nombre hoy se me escapa, porque su mamá trabajaba de noche. Ella me había dicho “no vayas a tirar acá”. Y yo anhelaba tanto perder esta puta virginidad que cargaba como una cruz… Un poco por eso y un poco por miedo, le dije que no a Shai (así se llamaba mi bello rapero de 24). Me dijo “no te preocupes”, “no voy a entrar”, “la puntica no mas”. Hice fuerza para que no entrara ya que no tenía condón. Dolió mucho. Me sentí sucia. No había gritado ni dicho nada. Me fui al baño para lavarme una y otra vez. Allí me agache un buen rato.

Le conté a mis amigas en una fiesta donde me empute porque otra vez destrozaron mi casa. Ellas pintaron con labial en el baño: “FRÍGIDA”. Y se fueron gritando: “Por fin la follan y ni siquiera lo disfruta”.

Ese verano me fui de viaje. Estaba triste y escuchaba música romántica intentando vivir el despecho de mi “novio” de dos días. No llegó la regla. Mi cuerpo se cubrió de granos que dejaron sin entender nada a mi mamá y a los médicos. Fui en secreto a hacer pruebas de VIH. Negativo. De embarazo. Negativo.

No volví a tener relaciones sexuales hasta los 18, con un chico de mi edad del cual estaba enamorada. Dolió también, como seguiría doliendo por los siguientes siete años.

Ni les cuento del chico de 25 años que cuando yo tenía 16 que me dijo “pues te tocó”, bajandome la cabeza entre sus piernas después de que dijera que tenía la regla. Esta era una información falsa pero útil para evitar tener sexo. Ni les cuento el asco de esa cosa peluda en mi boca. Sí les cuento, no sin vergüenza, que cuando una amiga salió del cuarto (a sus 18 años) después de lo que era su primera vez, con cara de dolor, le dije como si fuera una experta: “¿Y qué? ¿No te gustó o qué?”

Ya en la universidad, mi primeros encuentros con feministas fueron feos. “No soy una víctima de nada, ni de nadie”, argumentaba. Un día después de la marcha de siempre, fuimos a tomar la cervezas de siempre. Un compañero dijo “eso de que el 75% de las mujeres han sido violadas es mentira”. Pregunté, ¿cuántas de nosotras han tenido una relación sexual sin consentimiento? Levanté la mano. Así lo hicieron todas las otras. Dije: “Ahora la pregunta es, ¿cuántos de ustedes fueron ese man?”. Ese día, por primera vez, entendí que falta de consentimiento no es tener sexo, es ser violada.

Estaba enamorada. Con uno de estos enamoramientos revolucionarios de juventud. Pero dolía, dolía y seguía doliendo. Hasta que renuncié a tener sexo con penetración. Pensé que el coito no era para mí. Tuve años de sexo placentero, descubriendo mi cuerpo, el gusto de dar, recibir y compartir placer. Años después, con un paciente desconocido, volví a tener sexo con penetración. Y no dolió. Ya estaba resuelto todo.

Una sinusitis me tenía jodida a los 27 y me dieron tres semanas de antibiótico. Tenía un amante regular en la época al que le dije que ya no porque me dolía otra vez. Él insistió. No dormí. Mi cuerpo revivió esas tantas noches de horror donde dolor y el paquete emocional de la violación se confundían. Me levanté a googlear.

Wikipedía decía: “El vaginismo es la dificultad de realizar el coito, debido a la contracción involuntaria de los músculos del tercio inferior de la vagina. (…) La mayoría de las causas del vaginismo son psíquicas. La falta de información sexual o falta de comunicación, que conducen al miedo o temor; experiencias traumáticas, miedo al embarazo, temor a contraer enfermedades de transmisión sexual, experiencias dolorosas en la visita al ginecólogo, abusos sexuales, etc”.

“¿Por qué nadie nunca me dice nada a mí?”, pensé. Me convertí en asesora sexual. Para mis amigas he dado talleres. Decir que me habían violado, que me había dolido, se convirtió en parte de mi discurso político.

Hoy, 2017, a los 35 años me dio pereza escribir que yo también. Hace unos días, un compañero mayor que yo dijo en público que los hombres tenían que cambiar. Me di cuenta que nunca le había dicho que un año antes, después de unas tantas cervezas, me había quedado callada cuando, no una sino dos veces, me penetró y se vino inmediatamente en mí. Sin avisar ni preguntar. Dejándome con el mierdero de provocarme hemorragias. Le dije. Me agradeció. Le conté a una amiga en la noche. Dijo “que bien que hayas podido nombrar la agresión”. La paré. No. No uses esta palabra.

Puedo nombrarlo: decir que me violaron a los 14, que me agredieron a los 16, que un man fue paila a los 27 y que tuve un mal polvo a los 34. Pero decir que me quedé callada porque el man tenía poder, jamás.

No puedo admitir, no puedo aceptar que la vergüenza sigue siendo la misma. Se me aguan los ojos al escribir eso. Pero, ¡si yo me acuesto con quien se me da la gana! ¡Si fue cualquier vaina de sexo de borracho! ¿Por qué llamarlo agresión? ¿No fue nada, no? ¿Cuántos nadas estoy callando? Olvidando, incluso. Porque me cansé de la rabia. La que hace desaparecer la vergüenza, la que permite denunciar, contar, actuar.

Así que #YoTambién, y muchas veces.

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