Cultura Popular

[Opinión] Sobre la necesidad de amar el fútbol con perspectiva crítica

3 abr. CI – El fútbol se ha configurado, a lo largo de los últimos dos siglos, como el deporte más importante de la sociedad. Desde sus remotos inicios, que algunos historiadores llevan hasta el juego de pelotas en las sociedades precolombinas, hasta su reconocido comienzo en la Inglaterra del siglo XIX, pasando por todas las transformaciones que ha tenido en los últimos tiempos y retomando todas sus modalidades de juego, tanto institucionales como sociales y  populares. Este deporte ha sido fundamental en la construcción de las sociedades en el mundo, más en las occidentales que en las orientales. No obstante, sea poco o mucho, el fútbol puede jugarse en cualquier espacio, desde las calles, las aceras y los patios de las casas hasta los grandes escenarios deportivos como el Maracaná en Brasil.

Por Felipe Meneses*. Recordar lo fundamental que ha sido el fútbol en la configuración de nuestras sociedades contemporáneas no es un simple capricho, es más una necesidad por entender el papel de tan emocionante deporte en la vida del ser humano en un momento en que la satisfacción del juego está pasando a segundo plano y nos estamos enfrentando a escenarios de violencia determinados por las rivalidades entre un equipo y otro. Pero la situación actual se agrava cuando la rivalidad trasciende del color de una camiseta y pasa al campo de los intereses económicos y políticos por el control de una hinchada, por el control de una misma camiseta, por el control de una pasión.

El fútbol se convirtió en un escenario en el que se inmiscuyen tanto jugadores, hinchas y directivos como medios de comunicación, es decir, el deporte deja de ser deporte para convertirse en relación social y, por ende, en parte de la vida sociopolítica de un territorio.

Para dar cuenta de ello es preciso recordar momentos históricos como aquel mundial de 1978 en  Argentina, en el que el poder de la dictadura, las determinaciones políticas de jugadores rivales como Johan Cruyff y las amenazas internacionales realizadas a una “nación más pequeña” como la peruana jugaron el primer tiempo de esa semifinal extraña que el país anfitrión ganó por 6 a 0 y le dieron el paso a la final contra los holandeses. O traer a colación los hechos recientes de participación de narcotraficantes en los manejos de equipos nacionales como América, Millonarios, Atlético Nacional y Medellín que dan cuenta de una inserción económica externa a los intereses del deporte como espectáculo y trascienden aún más al escenario de la violencia económica, determinado por la historia reciente de mafias y lucha por el control territorial de los carteles de la droga en Colombia.

Es una historia que por popular y masiva, se ha visto atravesada por los elementos nocivos de la vida política y económica en el mundo, pero esto es en el campo de juego y sus manejos ¿Qué pasa entonces con el entorno, con los hinchas, con la pasión? 

¿Pero si son del mismo equipo por qué pelean? 

La historia de las barras no ha estado alejada de ese escenario social y político, mucho menos de las relaciones económicas con diferentes actores de la sociedad. Fue muy conocido el caso de los Hooligans en la Europa occidental, donde la confrontaciones saltaban al campo social y se encontraban casos de enfrentamientos entre los hinchas de la Lazio y la Roma, unos enarbolando la vida italiana de Benito Mussolini y otros defendiendo la lógica republicana actual. Dicha confrontación no solo se vivía en los cánticos y la rivalidad por un equipo, sino que se evidenciaba en las calles, las golpizas y las muertes que se presentaban por resguardar unos ideales que partían de la necesidad de defender el amor por los colores y culminaban en la idea de exterminar al contrario, que no solo era de otro equipo sino que tenía otra filiación política.

Sería por medio de la migración europea a los países del sur del continente americano que se presenciaría el inicio del fenómeno barrista en el Nuevo Mundo. Chile y Argentina comenzaron con la historia agridulce del barrismo en nuestro continente. De entrada, las distinciones sociales, políticas y económicas entre las barras se evidenciaron al tiempo que la necesidad de defender los colores de camisetas distintas: el equipo de trabajadores que llegaron de Italia contra el equipo de los ricos de La Plata, el equipo de la organización anarcosindicalista contra el equipo de la vieja oligarquía argentina, etc.

Esta larga historia, que entremezcla la vida humana en toda su complejidad alrededor de un balón y una pasión por una camiseta, da cuenta de procesos demasiado interesantes para un análisis de las sociedades contemporáneas, pero es también un hecho real que plantea la visión del fútbol contemporáneo con unas gafas un poco desalentadoras; no sabemos nosotros qué rumbos estén tomando las barras de fútbol en la actualidad en las que los enfrentamientos ideológicos no son tan claros como en los ochentas y noventas, pero lo que sí preocupa es que existen intereses que trascienden del amor a una institución deportiva, a un escudo, a unos colores, de la pasión por ver jugar, por cantar un gol o de la desesperación por la victoria no conseguida.

Las constantes denuncias de barras disidentes de las grandes barras en Colombia, por ejemplo, dan cuenta de unas disputas internas en las organizaciones que se encargan de agrupar a todos aquellos jóvenes y adultos que deciden poner a un equipo de fútbol como eje central de sus vidas. Estos hechos de disidencia se vuelven aún más agudos cuando saltan al campo de la confrontación pues la gente se pregunta ¿pero si son del mismo equipo por qué pelean? La respuesta real a ese cuestionamiento no la tenemos, pero es momento de aceptar que ese conflicto ya requiere una solución más profunda que salta al campo de la política institucional y de la acción cívica real por parte de todos los que son amantes de ir al Estadio.

El fútbol no es, y nunca ha sido, un deporte inocente y salido del esquema de la política. Precisamente, su índole popular y su masividad lo disponen como un escenario relevante para las acciones políticas y económicas de múltiples actores en la sociedad. Quienes se atreven a decir que el deporte es sólo el juego de 90 minutos en la cancha, no logran comprender la complejidad de una acción que llega a convertirse en la vida de muchos amantes al juego de la pelota, el pie y la cabeza, más en sociedades como la nuestra en la que las alternativas de estudio y de empleo son precarias.

En este sentido, no es gratuito que el fútbol haya sido un tema de disertación de grandes exponentes de la literatura como Eduardo Galeano y Albert Camus, quienes con sus letras han tratado de generar reflexiones sobre los hechos sociales acontecidos alrededor del espectáculo futbolero. 

A nosotros, los amantes del fútbol, los hinchas resignados de un equipo, los soñadores de domingo en la tarde, nos interesa que hechos como el del clásico paisa el pasado domingo 20 de marzo no pasen desapercibidos, es momento de que la academia, el gobierno, la sociedad y los hinchas se pregunten por lo que sucede dentro y fuera de la cancha, que reflexionen por el movimiento de la pelota por encima y por debajo del gramado.

CI FM/DM/03/04/16/16:10

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