Opinión

[Opinión] La protesta del pobre es pecado

2 nov. CI.- La lucha del pobre es ilegal, por eso siempre estará en desigualdad de condiciones frente a los procedimientos sistemáticos del Estado.

Por José Armando Sepúlveda*. Al pobre lo cuentan para unas estadísticas y lo esconden en otras: el que vende café, pasteles y verdura en la calle resta unos indicadores pero también suma en lo relacionado a la ocupación el espacio público de las ciudades. Si comete el error de sublevarse no sólo es castigado con la respuesta no afectiva de la fuerza pública, también lo será por los medios de comunicación y, más triste aún, por su propia clase.

Los titulares de la prensa tradicional, generalmente, arremeten contra el agredido haciendo que parezca el agresor. En un paro nunca se resaltan los motivos sino las consecuencias. Por ejemplo, en la reciente movilización de maestros se aumentaron días y siempre se tuvo presente el enunciado “más de 35.000 niños afectados”. Muy poco se habló del por qué se optaba por esta vía.

Lo mismo pasa con cuestiones como las demandas del sector de transporte público: se habla del “caos vehicular” que afecta a la ciudadanía y se pinta a los camioneros como verdugos que fomentan “la escasez de productos”. Y mucho cuidado con hablar de paro siendo campesino, menos si se tuvo que nacer en tierras cocaleras olvidadas por el Estado.

El campesino no es terrorista; tiene terror, tiene hambre y se desespera porque llega a su casa con la derrota de no tener cómo llenar los platos. El campo no es valorado en estos irrisorios intentos de industrialización. La ciudad está tan mal que no puede si quiera recibir de nuevo a los hijos que echó a Venezuela hace un par de décadas y, lógicamente, no tiene mucho que ofrecerle. El panorama de Cúcuta, por ejemplo, es la redoma del terminal, los semáforos de la Diagonal Santander y las afueras del Centro Comercial Ventura Plaza.

Para lograr que lo escuchen en medio de la distorsión diplomática y demás elementos de la democracia nacional, los campesinos cierran carreteras, talan algunos árboles y después de varios días logran llamar la atención. La primera respuesta del Estado es la misma para todos: represión en tanquetas como una receta médica.

El pobre no tiene el derecho a protestar como los ricos que hacen sus simbólicas manifestaciones en el Congreso (estas, de paso, son aprovechadas para evadir debates y sabotear todo proceso que no le guste).

El reciente Paro de campesinos en el Catatumbo fue satanizado. Primero por un “ilustre” que afirmó de manera irresponsable que el Paro tenía secuestrada a la región. Luego otra institución salió a decir que por la “tala indiscriminada” alguien debe responder porque eso no es justificable. ¿Cómo puede ser justificable si no aporta a la mermelada?

La región del Catatumbo lleva décadas secuestrada por falta de vías de acceso, de oportunidades para competir en igualdad de condiciones frente a grandes empresas, por malversación de recursos, por abandono Estatal cuando estuvo un grupo armado y la complicidad con el que después llegó. A la región la secuestró la guerrilla y la coca un tiempo ante nuestros ojos indiferentes, luego la picaron los paramilitares y se la dejaron a los supuestos proyectos de palmicultura que al final no le dieron la talla a las necesidades de la zona.

La misma institución, que respira verde y se indigna por los árboles talados y atravesados en la vía, no ha sido tan amigablemente ambiental con la contaminación del Río Zulia a manos de quién sabe quién. Ahí no lanza condenas ni respira amor por la naturaleza. Quizá el olor a podrido de las aguas y los peces muertos no ha sido tan evidente para ellos, quizá las volquetas que hacen extracciones a los ríos son muy pequeñas y no las ven.

Solo nos queda pensar que cuando el rico protesta, la protesta es un derecho; cuando el pobre lo hace, la protesta es rebelión. Las molotov, las botas de caucho, la camiseta en el rostro, las manos de raspachín, uno que otro machete y la malparidez (porque supongo no es bonito estar allá) no bastan para hacer legítima su condición frente a un Estado armado hasta los dientes. Mucho menos frente a una sociedad que se odia a sí misma cuando repudia al pobre.

* José Armando Sepúlveda es Licenciado en Lengua Castellana y Comunicación, Especialista en Pedagogía de Lengua y Literatura, docente de la Universidad de Pamplona.

CI PC/02/11/17/12:00

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