Opinión

[Opinión] Fidel fue un hombre que se convirtió en pueblo

25 nov. CI.- Hace un año La Habana se puso triste. Y La Habana no es una ciudad que fácilmente se ponga triste. A pesar de que era tarde en la noche de pronto nadie quería bailar, se acabaron las fiestas, los conciertos. Nadie podía casi hablar (ni alto, ni bajito, ni de ninguna manera). Las músicas se apagaban y los que estaban dormidos se despertaban. Todos buscaban tragos de ron, de café, de agua para poder bajar una noticia: Fidel, nuestro Fidel de siempre, había muerto.

*Por Paula Companioni. Hace un año fueron las primeras veces de muchas cosas: ver a Raúl temblar casi llorando (en casi 60 años eso no había ocurrido nunca), ver a mi papá llorando (en mis 28 años solo lo había visto llorar pero de felicidad cuando llegaron Los Cinco a la Isla), y ver cómo a todo el mundo (a los que están a favor, a los que están en contra y a los que no les importa nada) de alguna manera el dolor los unía.

Las llamadas iban y venían. Toda la gente preguntaba: “¿es cierto? ¿Y ahora qué hacemos?”. Yo no estaba. Me enteré por Facebook en el post de un amigo que ponía: “Hasta siempre Comandante”. Y yo, después del cansancio de todo un día de trabajo, me preguntaba: “¿quién será el que se habrá muerto ahora?”. Después leí que era Fidel del que hablaba mi amigo. Yo no podía creerlo: “Si Fidel es inmortal”…. me repetía.

Suspendí corriendo ese viaje y regresé a Cuba. El Gobierno había organizado unos funerales con instrucciones que él mismo había dejado. No quería convertirse en el nombre de una calle, ni de una institución, ni que lo usáramos para hacer estatuas o para salvaguardar ideologías detrás de historias que nos fuéramos inventando. Dejaba claro la máxima martiana con la que había vivido: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.

Como al cuarto o quinto día de este funeral oficial, en la Plaza de la Revolución se hizo un acto con muchísima gente, presidentes, periodistas y todo el show. En esa noche el cielo de Cuba, que usualmente está lleno de estrellas, tenía solamente una muy grande y brillante pero una sola. Todos sabíamos que Fidel era esa estrella que desde el cielo empezaba a acompañarnos.

En los días siguientes se iba a rendir homenaje a sus cenizas siguiendo la misma ruta de regreso a la Sierra Maestra que él había hecho cuando triunfó la Revolución pero de camino a La Habana. Es decir, quería regresar a la lucha.

Nos montamos en una caravana que salió detrás de él. Fuimos pueblo por pueblo hasta llegar a Santiago de Cuba. Iba a descansar en el Cementerio de Santa Ifigenia, justo al lado de José Martí y de la Sierra. Ese pedacito de Oriente cubano es la olla donde se han cocinado todas nuestras revoluciones.

Santiago de Cuba es la provincia que, supuestamente, alberga el mayor número de oposición al Gobierno de la Isla. Cifras desde Miami declaran que allá hay una organización ilegal que cuenta con más de 2.000 miembros en sus filas. Es decir, Santiago sigue siendo el sitio más “caliente” (problemático) de Cuba. Podría decirse que allí es donde más falta hace un líder. Y allá se fue él nuevamente.

Cuando la caravana oficial salió de La Habana se vivieron tres momentos en esa ciudad: primero la expectativa de verlo pasar; después un mar de euforia porque llegaba; y luego una profunda tristeza que sumía a todas y todos en llanto y nuevamente el silencio. Podías abrazarte con cualquier desconocido a llorar.

En Cuba son muy comunes las movilizaciones organizadas desde el Gobierno en días como el 1 de mayo (Día Internacional de las y los trabajadores), el 26 de julio (Día de la Rebeldía Nacional) y otras fechas similares. Pero una movilización como esta, con los sentimientos a flor de piel, no se había visto antes.

En el camino, más allá de las veladas oficiales y los discursos de quienes fueron a hacer lobbies políticos a Cuba en esa fecha, las personas organizaron su propio homenaje. Cada quien revivía a su propio Fidel: los campesinos salían a las carreteras montados en sus caballos para saludarlo, los niños les inventaban poesías, las casas más humildes pusieron un pedacito de cartón con la consigna de ese noviembre: Yo soy Fidel. Era una persona convirtiéndose en pueblo.

Ya en Santiago todo se volvió más Caribe (si esto era posible). En La Plaza de la Revolución Antonio Maceo no cabían tantas personas que desde todo Oriente llegaron. Y cuando te veían con una cámara o credencial de prensa te llaman: “¿Tú eres periodista? Déjame leerte esto que escribí para Fidel porque yo no me voy a poder subir a la tarima pero si tú lo grabas el mundo se va a enterar de lo que yo quiero decir”, nos pedían.

Saliendo de esa Plaza nos perdimos. Dimos muchas vueltas y llegamos a una cuadra donde había un altar hecho por las mujeres del barrio. El altar estaba hecho con plantas de las propias casas y una foto de Fidel sacada de alguna postal. Ellas iban con sus trajes yorubas (religión afrocubana) en una fila llevándole flores. Una vez frente a la imagen, saludaban la bandera y decían “ya te cumplimos Comandante”.

Este año después para Cuba no ha sido fácil: huracanes, crisis económica, actualización del modelo de desarrollo y vida escogido por el país, endurecimiento de las relaciones con Estados Unidos y la puja interna frente a un próximo período electoral donde no habrá nadie con el apellido “Castro” en el Gobierno son las luchas que tenemos hoy los cubanos.

Es cierto que físicamente ya no está nuestro líder. Pero cada día tenemos en reto de poner en práctica lo que de él aprendimos: que un mundo mejor es posible.

CI CC/PC/25/11/17/10:30

Paula Companioni es una periodista cubana. Hace parte de la Agencia Colombia Informa.

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