Un día como hoy

Miguel Hernández, la poesía entre rejas

28 mar. CI.- Miguel Hernández, pastor de cabras, poeta y miliciano español, murió de tuberculosis en una cárcel franquista el 28 de marzo de 1942. Tenía 31 años. Hoy, Miguel es el símbolo de todos los hombres y mujeres que, tras los muros de las prisiones, siguen luchando por transformaciones sociales y políticas. Sus “Nanas de la cebolla”, esa hermosa canción de cuna que le escribió a su hijo y que Serrat hizo famosa, ya pertenece a la memoria colectiva de los pueblos.

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre.

Escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla,

hielo negro y escarcha

grande y redonda.

Miguel vivió una época convulsionada de la historia de su patria. La guerra civil que estalló en 1936 dividió el corazón de España. Arrastrado por los Vientos del Pueblo, Miguel se unió al bando republicano en donde comunistas, anarquistas y demócratas de todo el mundo luchaban contra el fascismo español, en la antesala de lo que sería la II Guerra Mundial. Nombrado comisario de la cultura, escribe obras de teatro, poemas y artículos periodísticos en el frente de guerra:

Vientos del pueblo me llevan,

vientos del pueblo me arrastran,

me esparcen el corazón

y me aventan la garganta.

Cuando triunfan los fascistas en 1939, Miguel es encarcelado y empieza su peregrinar por esas mismas mazmorras en donde siglos atrás otro poeta español -el más grande- escribía ese famoso episodio en donde Don Quijote es apedreado por unos presos a los que él mismo acaba de liberar del yugo de la Santa Inquisición (Capitulo XXII). Ese episodio muestra el destino paradójico de los prisioneros de consciencia, condenados no solo por un Estado contra el que luchan, sino por la indiferencia y el menosprecio de aquellos por los que están luchando:

Yo que creí que la luz era mía

precipitado en la sombra me veo…

¿Quién es el rayo de sol que la invada?

Busco. No encuentro ni rastro del día.

Solo el fulgor de los puños cerrados,

el resplandor de los dientes que acechan.

Dientes y puños por todos los lados.

Más que las manos, los montes se estrechan.

En esos largos períodos de encierro y soledad en donde las palabras son la única compañía, la poesía se convierte en trinchera de combate, al expresar la consciencia de un hombre o una mujer que se saben libres aún entre muros. Quizás por eso la literatura revolucionaria brota en las prisiones como flor en el asfalto: Gramsci y sus cuadernos de la cárcel, Nazim Hikmet y sus cantos al pueblo turco, Dostoievski y su casa de los muertos. Los últimos versos de Miguel Hernández, garabateados en los muros de su celda, aún vibran como el canto de un ruiseñor enjaulado que mira a la distancia al ocaso:

Adiós hermanos, compañeros, amigos,

despedidme del sol y de los trigos.

Hoy existen más de 7.000 presos por motivos políticos en Colombia. Muchos de ellos son sindicalistas, estudiantes, campesinos, profesores, ecologistas, activistas de los derechos humanos, artistas, hombres y mujeres víctimas de falsos positivos judiciales. Una condición necesaria para la paz de nuestro país es la libertad de los prisioneros y prisioneras políticas.

CI JP/PC/28/03/18/18:00

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