Medio Oriente

[Opinión] La paz que no tiene por bien acercar a los pueblos es sometimiento

28 mar. Kurdistán – ¿Puede un pueblo abandonar a otro? ¿Puede el pueblo de Colombia abandonar al pueblo del Kurdistán? ¿Pueden los resistentes miembros de las brigadas internacionalistas que han peleado tanto en Colombia como en Kurdistán sentirse abandonados ahora que nuestros referentes políticos, nuestros líderes y lideresas indiscutibles son llevados a prisión o pasados por el acero atronador que representan las balas del enemigo? ¿Cómo pueden los pueblos olvidarse de sus anhelos de libertad? Pues en esto los medios de comunicación oficiosos tienen mucho que reportar y poco que aportar.

Por Alejandro Azadî*. Es tan en vano buscar información en Rusia Today, en el Washington Post, en el New York Times, o en el Clarín sobre la situación que atraviesa el pueblo kurdo o el pueblo colombiano, que apenas si algún medio de comunicación describe de manera amarillista el asesinato de un líder campesino o el apresamiento de algún diputado kurdo. Nos debemos preguntar ¿Qué horas tan amargas y de tortura han de padecer las víctimas de este sistema impuro que reza al patrono del dinero, y da la espalda a la tierra que nos vio nacer? Mientras en el Cauca colombiano se asesinaba al dirigente campesino y referente de Marcha Patriótica, Olmedo Pito García, en el sudeste turco la fiscalía del régimen pedía 142 años de prisión para el dirigente político y diputado kurdo por el Partido Democrático de los Pueblos, Selahattian Demirtas.

No somos ovejas ciegas que siguen a pastores bondadosos. Somos mujeres y hombres que tejen sociedades construyendo los cimientos hacia mejores futuros. No debemos doblegarnos ante las voces que ofician de verdad, enmascarando la realidad a su antojo, puesto que somos los hacedores de esa verdad: vivimos día a día nuestras fatídicas aspiraciones incumplidas, mientras cumplimos con absolutamente todo lo que la legalidad nos impone. No existen dioses que cosechan nuestras almas, refinando nuestros espíritus, carne y sangre para procesarnos en la inmaterialidad de su existencia. Aquí, hermanos y hermanas, hay pueblos levantados en busca de paz y libertad.

Hablemos de paz, pero no de paz a cualquier precio. La paz que no tiene por bien acercar a los pueblos es sometimiento, de castas racistas sobre mayorías multiétnicas. La paz, bien entendida, debe constituirse sobre el enaltecimiento pleno de una nación democrática. Una nación democrática no puede comprenderse como el ejercicio democrático de una etnia (como ya ha pasado en la historia antigua, y como pasa aún en la modernidad capitalista) sobre otras, sino la mancomunión étnica hacia la conformación del entendimiento muto. No creamos en que existe entendimiento mutuo cuando se cohíbe la expresión popular desgastada por redes de mentiras. Las cajas bobas (a las que llamamos televisores) nos recuerdan las películas ficcionales, estúpidas y simbólicas, encubriendo los retazos de la dolorosa realidad que transitamos.

Hablemos de guerra, pero no justifiquemos con ella la paz. La guerra que no toma por ejercicio la democracia, aspira a saciar la incapacidad política por medio de las armas. La guerra justificada es a la medida de la mentira, lo que la paz a la medida de la razón. ¿Pero qué nos empuja a ser serviles raceros del levantamiento armado popular? ¿Qué nos arrastra a vivir entre las montañas, tras columnas de hermanas y hermanos armados dispuestos a disparar a otros de igual orden? Una sociedad liberada no puede constituirse como tal resguardada por armas que apunten a sus hermanos, pero una sociedad de paz nunca se ha logrado sin la necesaria autodefensa popular.

Estamos en un bucle del cual podemos salir bien parados o podemos encontrarnos de frente con la muerte.

Ya hablamos de guerra y de paz, pero en verdad nos toca dejar de demorar a la justicia. Hablando de justicia entenderemos tanto la guerra como la paz. Esa depravada diosa romana que pretendía llevar fuerza moral al sistema judicial no es más que una beata del poder. Sus ejecutores reciben las joyas más costosas de las hijas e hijos humildes de nuestros pueblos. Campesinos pobres, indígenas desarrapados, negros asimilados, mujeres combatientes, trabajadoras de la educación; los de abajo nos vemos humillados por los de arriba. Los de arriba mueven el hilo de la justicia, balanceando la moralidad arrebatada de los pobres que llenan los presidios. No puede haber justicia mientras existan los Estados fratricidas y los funcionarios corrompidos.

Justicia se ha confundido con injusticia. Mientras que un niño desarrapado expropia migajas a la dama del comerciante, imbéciles vestidos de corbata roban la virginidad a niñas que el Estado debía de arropar en la Guatemala profunda. El pobre es desnudado y puesto a disposición del sistema carcelario, mientras los ricos son encubiertos con la renuncia de ministros y funcionarios. ¿De qué justicia estamos hablando? Si la injusticia no es imparcial entonces que la justicia tampoco lo sea. Si la guerra no es imparcial, entonces que la paz tampoco lo sea.

Cuando los corruptos funcionarios, los malos gobiernos (tanto en Colombia, como en Turquía), se reúnan con los violadores, asesinos, empresarios ladrones y miserables en los presidios, y nuestros hermanos y hermanas injustamente encarcelados sean liberados, entonces hablaremos de justicia, democracia, paz y libertad.

¡Por la libertad a los presos políticos y presas políticas en las cárceles enemigas!

Imagen: Corporación Nuevo Arco Iris.

CI AA/DM/28/3/17/15:00

*Alejandro Azadî es corresponsal del medio de comunicación  para la visibilización y la solidaridad con el pueblo kurdo kurdistanamericalatina.org, y colaborador internacional de Colombia Informa.

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