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La identidad en los parques de Bucaramanga

18 dic. CI.- Emiliana Carreño, de 39 años, tiene su puesto de trabajo en el parque García Rovira desde hace siete. Durante todo ese tiempo se ha acostumbrado a la rutina de preparar su carro de obleas desde las 9 de la mañana para llegar a las 10 a su lugar y estarse allí hasta cuando el cielo se va apagando. Como Emiliana hay muchos comerciantes que laboran informalmente en este parque olvidado en su naturaleza histórica: como emblemático sector para los inicios del desarrollo urbanístico del centro de Bucaramanga.

El Parque Rovira está ubicado frente al Templo Parroquial San Laureano, el cual fue construido a finales del siglo XVIII cuando en ese entonces lo que se conoce hoy como Bucaramanga era apenas la conformación de una pequeña comunidad que laboraba en el campo.

El sitio se convirtió, entre los años de 1870 y 1880, en la plaza principal de mercado de la ciudad. Allí ocurrían las principales actividades políticas y comerciales.

En la cotidianidad actual, el bullicio se tiñe de aromas, ruidos y colores amainados por el fresco aire que deambula paulatinamente y que, a veces, se acompaña con el bochinchoso calor del centro. Entonces se abren sombrillas multicolores y todo el espacio se vuelve el “puesto” donde algo se tiene que vender.

Debajo de estas sombrillas, ya desteñidas por agua y sol, se encuentran las pieles curtidas de quienes venden el peto, el helado, la oblea, el tinto, el pincho y otros sabores que forman parte del paisaje de un parque con más de 100 años.

“Yo siempre he tenido entendido que es un sector importante para la historia de Bucaramanga porque está la Gobernación de Santander, la Alcaldía de Bucaramanga, casonas como la Casa del Libro Total, la Iglesia San Laureano, la bella Plaza Cívica Luis Carlos Galán, monumentos y otros espacios que le dan atributos de relevancia”, comenta Joaquín Sierra, cincuentañero y un maestro de la preparación del peto.

“Esta estatua -dice mientras señala una escultura en la mitad del parque- da honor al General Custodio García, un hombre que fue muy importante para la historia de Bucaramanga”.

El García Rovira narra la memoria y las labores del territorio santandereano. En esas estatuas se materializó parte del imaginario de la identidad del territorio bumangués pues en ellas se esculpían los valores y las cualidades que representaban a los ciudadanos de ese entonces. Más tarde, con el paso de las plazas a los parques se daba el augurio de una expansión de la vida urbana y con ello el desarrollo que estaba marcándose en ese entonces con el éxito y los tiempos de bonanza que trajo consigo la economía cafetera a la ciudad.

El padre Francisco Romero trajo a Bucaramanga las ideas de grandeza e incentivó la noción de progreso occidental. Se generó una gran demanda de labores y empleos que daban la sensación, a los que accedían a ellos, que aquellos eran tiempos llenos de prosperidad y bienestar.

Las Palmas de Alejandría, como suelen conocerse estas árboles que adornan el parque, generan sensación de quietud con altura y toques verdes en el cielo. Quienes están sentados en las bancas de madera agradecen la sombra y, a lo mejor, reviven otras tardes con una amena conversación.

Sin embargo, el sentido de pertenencia a la historia del espacio es invisible en la memoria de las actuales generaciones de Bucaramanga. Estas confiesan desconocimiento y olvido de lo que una vez fue la plaza principal.

“Lo que yo siempre he escuchado es que Bucaramanga se conoce como ‘La ciudad de los parques’ porque en donde uno esté siempre hay un parque cerca y la mayoría están bien arreglados y decorados”, comenta Luz María Duarte, a quien le gusta pasear a las 4 de la tarde ahí con sus hijos y después comerse un helado para regresar a su casa que queda a dos cuadras.

Así como Luz María, muchos transeúntes consideran que el apelativo que tiene la ciudad nacional e internacionalmente como “La Ciudad de los Parques” es en referencia a la cantidad de estos y a su protagonismo en fechas importantes como la Navidad.

“En Bucaramanga se ganaron su reconocimiento porque en tiempos como Navidad se decoran muy bonitos y
esto dio paso que se dieran cuenta de los muchos parques que hay por acá”, comenta Helena Martínez, comerciante de melcochas.

Otros aseguran que simplemente es una estrategia de los gobiernos de turno para atraer a los turistas ya que cada ciudad tiene su propio sobrenombre lo cual es positivo para ganarse el reconocimiento regional y generar una recordación de lo que hay detrás del nombre propio de Bucaramanga.

Pero detrás de ese nombre propio y de su calificativo como “Ciudad de los Parques” está un ideario civilista originado en el ambiente de posguerra vivido en Santander.

Después de la Batalla de Palonegro -en el marco de la Guerra de los Mil Días vivida entre el 17 de octubre de 1899 y el 21 de noviembre de 1902- los estragos fueron una sombra que llenó de aflicción los ánimos de los bumangueses. Venían de tiempos de florecimiento económico y ahora se encontraban en la desdicha. Esto generó el ambiente de una población tímida e incapaz de levantarse ante los escombros materiales y morales que había dejado la batalla.

Sin embargo, algo significativo pasó: la Conmemoración del Centenario de la Independencia fue un acto simbólico colectivo en el que los bumangueses buscaban dejar atrás el amargo recuerdo de aquel episodio. Esta noción están materializados en los parques de la ciudad que guardan un fuerte imaginario de rechazo a lo militar, a la violencia, a la sangre derramada en las guerras. Esta idealización ha ido desapareciendo de la memoria de los bumangueses.

“Nunca he escuchado sobre la historia de los parques de Bucaramanga pero debe haber algo que los haya multiplicado tanto. Tampoco en el colegio recuerdo haber visto esa clase de historia. Hubiera sido muy interesante porque quizá se está perdiendo ese recuerdo que tal vez nos haría sentir muy orgullosos de nosotros mismos”, comenta Eduardo Castellano, mientras se toma un tinto esperando que sean las 6:30 de la tarde para irse a su casa.

“Ya hoy día los parques están llenos de desechos y de malos hábitos. Ahora las personas son indiferentes al sentido de pertenencia que debemos tener con los espacios de recreación pública como los parques”, afirma Juan Toloza mientras camina sin rumbo por la plaza cívica Luis Carlos Galán.

En tanto, el Parque García Rovira queda cubierto de noche y luces. Este testigo del crecimiento urbanístico, de la postración de la guerra, de los augurios de unos mejores tiempos y del ocio y el comercio, es el ejemplo del panorama de los múltiples parques del centro de Bucaramanga.

CI AO/PC/18/12/17/12:30

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