Europa

La corrupción, el poder popular y la transversalidad

2 may. Zaragoza – En España la Operación Lezo ha sacado a la luz nuevas tramas de corrupción en el Partido Popular. Con los nuevos detenidos, suben a casi un millar los cargos imputados penalmente que pertenecen al partido en el gobierno. La coalición de izquierdas Unidos Podemos ha propuesto de forma pública una moción de censura a la Presidencia que ha sido rechazada por los principales partidos de la oposición.

Por M.S.A*. El Partido Popular -PP- en el Estado español es el heredero político de la tradición moral e ideológica del fascismo franquista, a la que se une el neoliberalismo económico que explotó en Europa a mitad de los años ochenta. Uno de los ejemplos que sostiene esta afirmación es la negativa a condenar la dictadura franquista o los impedimentos a las propuestas de restauración de la memoria y dignidad de las víctimas del fascismo.

Los casos de corrupción han salpicado una vez tras otra a este Partido durante la última década; lo cual no ha impedido que lleve ese mismo tiempo en el Gobierno. El PP tiene más de 850 imputados por corrupción en la investigación de este caso, sin contar que la propia organización está imputada como persona jurídica por financiación ilegal y el Presidente del gobierno ha sido llamado a declarar por los jueces. Este es el primer y único Partido de la etapa democrática actual en ser imputado en un proceso penal. Como parte de la Operación Lezo se ha investigado y encarcelado a un ex presidente autonómico del PP y otros cargos superiores junto con algunos de sus familiares.

A pesar de los grandes titulares y la presencia de las noticias relacionadas con la corrupción del PP en los medios, datos de intención de voto de marzo de 2017 señalan que no habría un castigo electoral para este escándalo.

El PP no tiene casi descenso electoral porque su electorado no tiene a dónde acudir. Es un electorado fiel y convencido desde la emoción que empresas de comunicación moldean a su medida. A pesar de la decepción e indignación que puedan sentir, nunca votarían de forma significativa por el eterno enemigo (Partido Socialista Obrero Español, por sus siglas PSOE) ni por sus “demonios” (Unidos Podemos). Las dos alternativas naturales de voto, Vox (ultraderecha) y Ciudadanos (derecha liberal) no representan tampoco una opción porque la primera no ha conseguido romper y la segunda ha pactado con el PSOE en numerosas ocasiones generando desconfianza.

Podemos haber encontrado el suelo de voto de este Partido, el baremo exacto de la implementación de la derecha en el Estado español tras 40 años de represión fascista y otros 40 de democracia de transición, pero la realidad es que el PP puede hacer lo que desee y apenas tendrá represalias electorales.

Sin embargo, lo que merece atención es la reacción de la izquierda electoral al respecto pues ha generado una estrategia previsible que la condena a sacar poca o ninguna ventaja de la situación.

A comienzos de este año, la lucha en Podemos entre Pablo Iglesias e Iñigo Errejón parecía cerrada con la victoria de las tesis de trabajo popular del primero. Mientras que Izquierda Unida, de la mano de Garzón, parece volver a desear un sujeto político que gane empaque y fuerza desde la construcción de masas. Mas ninguna de las dos estrategias parecen haber sido interiorizadas por la confluencia de ambas organizaciones electorales (Unidos Podemos). Su situación en el Parlamento permite ejercer una presión efectiva aunque se carecen de fuerzas para lograr cambios significativos.

Además, el PP ha sabido generar una gran simbiosis con los otros tres grupos fuertes: el PSOE unió su supervivencia al mensaje de “oposición responsable” que basa sus éxitos en la modulación social de las propuestas del PP, Ciudadanos tiene un acuerdo de gobierno con el PP, el Partido Nacionalista Vasco -PNV- ha negociado unos presupuestos francamente favorables a cambio de su apoyo.

Con poco a ganar de un electorado emocionalmente unido al PP y la falta de una fuerza significativa en el parlamento, cabría pensar en la posibilidad de emplear la indignación generada por la corrupción del PP para generar una fuerza social capaz de aunar esa decepción en nuevas estructuras populares que superen aspectos ideológicos.

Experimentos anteriores existen en el Estado español: los Observatorios Ciudadanos Municipales -OCM- o las Plataformas de Auditoría Ciudadana de la Deuda -PACD- se constituyen como antecedentes de los espacios ciudadanos existentes de observación de la corrupción como el Observatorio Ciudadano Anticorrupción -Ocan- o el Observatorio de la Ciudadanía contra la Corrupción -este último fundado por una gran número de profesionales de las fuerzas de seguridad.

Tal vez una buena estrategia hubiera sido un llamamiento a la actividad política de base con el apoyo, respaldo y compromiso de la estructura electoral de visibilizar y dar voz a los resultados de esa construcción. Estas estructuras se podrían diseñar para dar cabida a personas fuera de la órbita ideológica que -aunque indignadas por la actuación del PP no cambiarían el voto o lo llevarían a la abstención pasiva pero desean hacer algo.

En todo caso sería una llamada de madurez a la sociedad con el mensaje de que nada se puede transformar sin una acción organizada popular. Algo -en teoría- en consonancia con las tesis del último congreso de Podemos y con la esencia de IU. Resulta curioso como se podría aunar la construcción popular con la famosa “transversalidad” errejonista.

Mensajes públicos de respuesta que basculan el protagonismo a las clases populares y sus estructuras: “desde la institución poco podemos hacer pero abrimos las puertas para que vosotrxs empujéis, os daremos datos, construiremos juntxs y nos comprometemos a apoyar y defender las propuestas que salgan de un gran pacto ciudadano contra la corrupción. Acabar con la corrupción es cosa vuestra y estamos aquí para ponéroslo fácil”.

Sin embargo, no ha sido así. La respuesta de Unidos Podemos es una respuesta típica de estructura electoral pues propone una moción de censura a la Presidencia que no solo no fructificará sino que, además, ha dividido a la izquierda entre las personas que la apoyan y quienes la consideran superfluo puesto que no tiene ninguna probabilidad de prosperar.

El debate en la izquierda ha pasado de la corrupción del PP y de cómo aprovechar eso para generar acumulado a si la moción de censura es oportuna o no. Las personas que la apoyan defienden lo simbólico del hecho y la ética mientras que quienes la detractan defienden que es una pérdida de fuerzas pues desde las estructuras electorales no se necesita simbolismo sino eficacia.

A nivel electoral dicha moción no prosperará pero obligará al PSOE y a Ciudadanos a votar en contra. Así intervendrá en la campaña por la secretaría del primero y en el famoso discurso anticorrupción del segundo. Desde dicha perspectiva parece un movimiento destinado a ganar un electorado indeciso que navega entre el progresismo y la regeneración. Como en el fútbol, un empate fuera de casa obliga a hacer bueno el punto con una victoria en el estadio propio.

Desde un punto de vista de construcción popular, el que no se haya aprovechado para acumular y organizar estructuras populares parece un error y manda los mensajes de que la transformación política pasa por las instituciones y que el único papel de la ciudadanía es el de votar y movilizarse cuando el Partido lo pide. Pareciera que la transversalidad se reduce a nuevos segmentos de personas votantes y que la calle solamente sirve para concentrarse y manifestarse en apoyo a la construcción institucional. Parece que las tesis institucionalistas hubieran ganado en el imaginario y el actuar de Unidos Podemos.

Construir poder popular no significa únicamente salir a reivindicar ni participar en la militancia electoral o en los movimientos orbitales del mismo. Construir el poder popular también es generar estructuras ciudadanas que permitan comenzar la desconexión con las instituciones y el capital poco a poco y que estas sean estructuras de construcción de soberanía (alimentaria, terapéutica, tecnológica, etc.). Pero deben ser estructuras de construcción de legitimidad popular; de universos ideológicos diversos, coordinados, con protagonismo; que avancen en dar responsabilidad a la clase trabajadora o -en el nuevo lenguaje- a los y las de abajo. Eso significaría transversalidad: generar masa que camine hacia el poder.

CI MSA/DM/02/05/17/8:00

*M.S.A. es un destacado escritor y corresponsal de Colombia Informa en España.

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