Géneros

Hermana, yo sí te creo

27 nov. CI.- ¿Qué haría si su hija llega de las fiestas del pueblo y le cuenta que fue violada por cinco hombres? ¿Le creería? ¿Y si se lo dijera una sobrina, una amiga, la vecina, la muchacha que le vende el pan todos los días o, simplemente, lo viera en un video por redes sociales sobre una extraña cualquiera? Si, de momento, la prensa buscando vender historias preguntara en uno de sus titulares: “¿Cerró usted bien las piernas para evitar la violación?”… ¿Se indignaría?

Entre el 13 y el 24 del presente mes estuvo en curso el juicio contra cinco jóvenes españoles que violaron “en manada” a una muchacha de 18 años en su país. Hoy se presentarán los informes finales de la defensa de los acusados, la defensa de la víctima y la acusación particular.

Este caso comenzó el 7 de julio de 2016, cuando la joven se encontraba en una plaza de la ciudad española nombrada Pamplona. Ella estaba participando en esas fiestas de las que siempre vemos las imágenes de muchos toros corriendo y muchos hombres persiguiéndolos o siendo perseguidos por ellos a lo largo de las calles, conocidas como “los encierros de San Fermín”.

En esa plaza se encontró con cinco hombres de veintitantos años, quienes se ofrecieron a acompañarla al auto donde estaba pasando las noches la muchacha. De camino la forzaron a entrar al portal de una calle que había quedado abierto y allí abusaron sexualmente de ella.

“Fue una relación consentida y en ningún momento dijo no”, es uno de los argumentos más usados por la defensa de los acusados; sin embargo, tanto el testimonio de la afectada (que debería ser suficiente) como el de los policías que atendieron la denuncia, evidencian que la víctima entró en un estado de shock y por esto no presentó oposición violenta.

“La Manada” es el nombre que recibe el grupo de WhatsApp donde los acusados compartieron material del abuso y comentarios sobre lo sucedido (video que filmaron dos de los jóvenes mientras otros tres sometían a la muchacha y que según la defensa es “interpretable” y no contundente). Pero La Manada no es solo un grupo de los cinco violadores, sino que cuenta con otros integrantes que no solo no denunciaron o rechazaron lo compartido sino que comentaron la situación y hasta “sintieron envidia”.

Meme que circula por redes sociales feministas.

Nos atreveríamos a afirmar que La Manada también somos todos los que hacemos virales ese tipo de videos o nos reímos y “naturalizamos” cada vez que un bulling virtual comienza. Porque sí: reírse de una violación o abuso nos hace tan cómplices como quien lo realiza.

Durante el juicio se ha encontrado que tampoco era la primera vez que cuatro de los cinco violadores de la joven en San Fermín lo hacían. A través de La Manada, en WhatsApp, iban planificando lo que en esas fiestas harían porque tenían la experiencia de haber violado a otra chica en una fiesta (con un modus operandi similar) usando burundanga (Escopolamina), por lo cual la anterior muchacha violentada ni sabía lo que había sucedido.

Aunque raye en lo racional que los acusados presenten defensa ante un acto de violación colectiva, llaman la atención otros argumentos de la defensa sobre el el uso de las fotos que publicó la víctima meses después del incidente donde se le veía compartiendo con amigos en fiestas o eventos sociales.

Al parecer, según la defensa que además habría contratado detectives privados para seguir a la víctima, aparte de tener que relatar lo sucedido en varios juicios (algunos de más de 3 horas de duración), la joven tendría que demostrar en su día a día que había sido violada.

Sobre esto el Juez del caso ha aceptado incluir en el juicio los informes de los detectives privados y las conversaciones por WhatsApp del día después del incidente, ignorando algunas conversaciones anteriores que hablaban del abuso a otra joven. ¿A quién se está juzgando entonces?

Como es de esperar, frente a la noticia del juicio se han armado dos bandos: las y los que defendemos a las mujeres y su derecho a denunciar (bando 1) y las y los que afirman que son unas “busconas” y seguro que “calentaron a sus violadores” (bando 2). Lo más interesante es que esta última afirmación fue dicha en el perfil de Facebook de un Juez del Norte de Santander. Sí, aquí mismitico en Colombia.

La violencia hacia la mujer (dentro de un marco que incluye el acoso, abuso y acceso carnal violento) es la estructura de un sistema que dentro de sus dinámicas, definiciones y actuaciones posiciona en el rango de ciudadanía de segunda categoría a todo lo que no sea el macho-varón-masculino con acceso a posiciones económicas privilegiadas.

Los medios de comunicación actúan como reflejo de ese estado de sociedad colombiana y mundial y vemos cómo todos los periodistas se vuelcan en contra de la chicas y no en contra de “La Manada”.

¿Este caso es “aislado”?

En los últimos tiempos varios casos han llamado la atención de la opinión pública. Desafortunadamente, los medios los narraron con toda la emoción de un partido de fútbol y con la misma falta de datos de fondo que usan para abordar casi todo:

En diciembre de 2012, una estudiante de Fisioterapia de 23 años, Jyoti Singh, fue violada por cinco hombres en un autobús público que siguió en marcha por las calles de Delhi, India, mientras la agredían. Uno de ellos le arrancó los intestinos. Esta joven murió en un hospital algunos días después.

Claro, un lector de este lado de la Tierra argumentaría que cosas como esas pasan en India porque allí las familias celebran el nacimiento de un hijo, no de una hija; se considera inapropiado que una mujer salga de noche sin su marido o su familia; y, como señalan el conductor del autobús (quien también está condenado por el crimen) y uno de los abogados de la defensa: “Si dejas un diamante en la calle es inevitable que un perro se lo lleve”. Quizá por eso las cifras cuentan que en esa nación asiática cada 20 minutos es violada una mujer.

Peeeeeero la triste realidad de Nuestra América demuestra que ni la violencia es exclusiva de sociedades lejanas, ni es nuestro único problema. En realidad, es el síntoma del Sistema de Dominación Patriarcal que nos carcome.

En contextos de países en guerra como Colombia, con una violencia política de más de 50 años, la violación sexual es un arma de guerra para destruir tanto física como social y políticamente al que era considerado oponente político. En este país la población civil sufrió una general sexual ejercida, en su mayoría, por el Paramilitarismo.

No es nada raro que el discurso de legitimación del violador y del acto de violar este respaldado en el actuar de la justicia donde no existe una ruta de atención a la mujer y por el contrario pase por un proceso donde es juzgada, culpada por los hechos y puesta a la repetición constante del relato que sufrió.

El año pasado una adolescente de 16 años fue violada por 33 hombres en Río de Janeiro, Brasil. Ella había salido la noche de un sábado para asistir a una fiesta funk (género musical muy popular entre la juventud brasileña) en la favela del Morro da Barão, no muy lejos de su casa. Antes se encontraría con su novio, Lucas Perdomo, un jugador de fútbol de 20 años y quien está asociado al Comando Vermelho (grupo narcotraficante que domina esa comunidad).

Después de eso, nada fue claro para ella: según declaró a la policía, fue drogada, se desmayó y se despertó al día siguiente en una casa, desnuda, con sus órganos genitales sangrando y rodeada hombres armados que reían y la abandonaron allí. En la estación de policía a la que se acercó en busca de ayuda le faltaron el respeto: “El jefe de la Policía me culpó por lo sucedido”, aseguró la muchacha.

Argentina también se vio conmocionada, un fin de semana de noviembre de 2016, por el aberrante crimen contra una joven de 16 años: Lucía Pérez fue llevada al hospital por sus propios asesinos, quienes intentaron fingir que ella tenía una sobredosis.

La joven fue atrapada cuando salía de su casa por tres hombres que la obligaron a consumir drogas en exceso para, en ese estado, someterla a una brutal violación y empalamiento. “Es terrible, yo hace cuatro días que pasó el hecho, no duermo normalmente, soy mamá, soy mujer. He visto mil cosas durante mi carrera, pero nada como esto”, afirmó la Fiscal del caso.

Recientes investigaciones intentan probar que la joven no fue ni violada ni empalada. ¿Será que les creemos? Solo de pensar en este caso nos dan pesadillas, ¿cómo será para su familia?

¿Y cómo poder olvidar el caso de Yuliana Samboní? Todavía se nos estremece el alma si leemos al respecto. Y todavía es poca la “justicia” que sobre ese caso se ha logrado.

Desgraciadamente, estos son solo los “relatos más sensacionales”. Cifras dadas por ONU Mujeres, organización de las Naciones Unidas dedicada a promover la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres, señalan que una de cada cinco mujeres en el mundo ha sido violada y una de cada tres ha sufrido abusos. Hay razones para pensar que uno de cada tres hombres comete estos hechos. Y que la mayoría de las violaciones quedan en silencio.

Estamos acostumbradas al imaginario de que un violador es aquel monstruo antisocial de terrible infancia y que no vive en mi barrio. Sin embargo, una violación la puede cometer cualquiera. Incluso esa persona con la que cada noche dormimos. Y esto es porque todas y todos hemos crecido en una cultura de dominio, de poder, de violencia. Pero esto nunca justifica que algo así suceda.

Juicio en los tribunales pero peores juicios en los medios y las redes sociales

¿Quién debería haber enseñado a esos hombres que su víctima tenía todo el derecho del mundo a salir a ver una película esa noche con un amigo? ¿La familia? ¿La ley? ¿La cultura? Hemos crecido en un mundo que a ellos no les dice que no violen y, en cambio, a nosotras nos hace responsables de nuestra seguridad y protección, y nos envía el mensaje de que el espacio público no es nuestro lugar.

El machismo estructural de todas las sociedades actuales hace que las víctimas de violación que denuncian sean tratadas como sospechosas en sus propias cabezas, en sus casas, en su barrio, en la policía, en los tribunales y en los medios de comunicación que relatan y viralizan  los hechos.

“A veces el juicio es peor que los abusos. Denunciar tiene un precio muy alto. Sabes que vas a ser puesta en duda en todo momento. Y el juicio es el momento en el que mejor te tratan de todo el proceso. Hasta llegar a él tienes que pasar por otros muchos interrogatorios, que empiezan cuando vas a denunciar a la policía. Un ‘perdona que te pregunte esto, pero…’ es la máxima amabilidad a la que puedes aspirar”, comenta la psicóloga catalana Violeta García Gago, de la Associació d’Assistència a Dones Agredides Sexualment -AADA.

Y esto sucede porque es más cómodo pensar que las violaciones y/o agresiones son hechos aislados y que la justicia funciona, antes que reflexionar sobre cuán enfermo está el mundo en el que vivimos y que quizá usted que lee ha violentado a alguna mujer de esas que ha pasado por su vida.

Como técnica de preservación, los victimarios dedican todas sus energías a recalcar que no agredieron a nadie, que todo fue cuestión de “química”. Gran parte de las sociedades les sigue el juego.

Cada vez es más urgente iniciar una conversación sobre la desigualdad, la masculinidad tradicional y los privilegios que otorga, y la violencia machista que mata más que las guerras. Una conversación que bien podría llamarse feminista.

Creernos

Algunas mujeres, y algunos hombres, hemos aprendido que “la callada” no puede ser la opción de respuesta en ningún caso. Y también hemos aprendido que unirnos para movilizarnos, por ahora, es la primera solución que debemos aplicar como sociedad.

La violación múltiple y feminicidio de la muchacha en la India conmocionó al mundo y sacó a la calle a miles de personas en aquel país para protestar y reclamar justicia. Manifestaciones multitudinarias comenzaron al día siguiente del hecho enfrentándose a la represión policial y reclamando justicia y libertad para las mujeres.

El caso de Lucía Pérez en Argentina logró organizar el Paro Internacional de Mujeres que aconteció el 8 de marzo del presente año. “Lo mejor que podemos hacer es salir en solidaridad con otras mujeres, porque todas estamos viviendo lo mismo: una fuerte consolidación machista en el momento de una crisis mundial”, declararon las organizadoras de este evento que sucedió en más de 50 países.

Contra la impunidad en el juicio a La Manada, el movimiento feminista español organizó movilizaciones en varias ciudades durante el juicio. Miles de personas se concentraron en las plazas de ese país para solidarizarse con la muchacha violada ante el juicio moral-machista de las redes sociales y gritar: “Hermana, yo sí te creo”.

Estos movimientos dejan en evidencia la necesidad no solo de buscar justicia y no repetición, sino de crear nuevas formas de educación desde donde se pueda acabar con la raíz actual del problema: la educación para la violencia.

CI MM, YA y PC/PC/27/11/17/08:00

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