Cultura Popular

Enseñanzas de una Madre Comunitaria: “Ser feminista me ayudó a saber que yo no era menos que nadie”

15 feb. CI.- Yolanda Moreno Díaz fue Madre Comunitaria por circunstancias: el orden patriarcal de la vida la hizo tener familia joven. Pero su vocación siempre fue otra. Ella quería escribir un libro, quería hacer poesía.

Mientras ese momento llegaba, se dedicó por años a ayudar a crecer niños y niñas en Ciudad Bolívar y, de paso, conocer el alma de las personas desde pequeñas. Treinta años después cumplió su sueño y publicó su primer poemario al que tituló como un grito de libertad: El escándalo de mi alma.

“El sistema nos ha violentado por el hecho de ser mujeres u hombres. Ser feminista me ayudó a saber que yo no era menos que nadie, que el oficio de ser madre es un trabajo, que tengo que ser tratada en equidad, que todos tenemos los mismos derechos y que no debo someterme a los privilegios de los hombres. Yo no odio a los hombres porque los parí pero si les enseño que soy una ser humana igual a ellos”, reflexiona Yolanda.

¿Cómo llegó a ser Madre Comunitaria?

Tenía dos niños que necesitaban de alguien que los observara, los cuidara. Entonces pensé que cuidar los niños de los demás me iba a permitir estar con mis hijos. Es decir, podía sentirme útil para mi comunidad y mi familia. Algo que es fundamental para las mujeres.

¿Y en qué consistía ese trabajo? ¿Qué enseñaban?

Éramos mujeres que enseñábamos desde la sapiencia popular: éramos mamás. ¿Quién te enseña a ser mamá? Nadie. La educación real es la que se da en la casa.

Pude enseñar bien o mal pero enseñé lo que sabía a esos niños. La mayoría de las madres hacíamos la tarea con ellos como si fueran nuestros propios hijos. Aprendieron a compartir, a comer, a limpiarse los mocos, amarrarse los zapatos, a peinarse.

Cada uno era único y los dejaba ser libres. Eso lo relato en un poema que se llama “Polluelos que volaban sin barreras”.

¿Hay transformaciones en ese oficio desde entonces a la fecha?

Antes las madres comunitarias no trabajábamos si no que éramos voluntarias. Es decir, estábamos sometidas al trabajo sin remuneración. Cuando empecé a trabajar pagaban sólo cinco pesos. Era una miseria.

Después de 30 años de esfuerzos y de luchas logramos que se pague el mínimo, pero se los dan con muchas restricciones. Aún no son reconocidas en el sistema laboral.

Antes también había más libertad, ahora el sistema institucionalizó el proceso comunitario y coartó la educación y la imaginación de los niños.

Usted fue lideresa de Madres Comunitarias, ¿cómo fue esa experiencia?

En 1989 se iba a acabar el programa de Madres Comunitarias porque nadie quería tomar el liderazgo. Yo cumplía con los requisitos para dirigir el programa: tener casa, tener hijos en el programa, saber leer y escribir. No tenía casa pero mi marido sí. Me lancé a ser la representante y en dos días aprendí mis responsabilidades.

Fue un trabajo muy duro y sin pago. Lo hicimos junto con otra compañera pero a largo plazo benefició mucho a la comunidad. Dirigíamos a 29 mujeres que estaban en dos sectores distanciados uno del otro en Ciudad Bolívar.

La distribución de los recursos, dependiendo a donde llegaran, hacía que las personas tuvieran que movilizarse hasta donde estuvieran. Entonces tuvimos la iniciativa de comprar al por mayor en abastos y que se repartieran los recursos en un punto medio.

También creamos otra asociación de madres comunitarias yendo puerta a puerta a invitarlas al programa y explicándoles lo que tenían que hacer.

Logramos que 50 mujeres se inscribieran e hicimos un censo para demostrar al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar -ICBF- que habían muchos niños que necesitaban del programa.

¿Y cómo ese oficio le dio el tiempo y las ganas de empezar a escribir?

Yo escribía desde la adolescencia pero no creía en mis versos. Hasta el año 1986 empecé a recopilar mis poemas.

En 1993 asistí a un encuentro de poetas, en la inauguración de la sede tecnológica de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, en Ciuda Bolívar. Todo el día estuve escuchando leer poesía. No había ido ni a comer esperando a que dijeran “Yolanda va a leer un poema”. Pero no me llamaron nunca porque a la persona que me había invitado se le había olvidado que yo estaba ahí.

Ya estaban dando por concluido el evento cuando me paré y me dirigí al micrófono. Era la primera vez que lo hacía. ¡Fue tenaz! Cuando terminé, los aplausos de la universidad hacían eco y los otros poetas me regalaron libros para que me nutriera de todo lo que ellos sabían. Estaba incluso Álvaro Mutis. Ese día supe que era poeta.

Yolanda Moreno se autodefine como una “matafora”. Dice que es una metamorfosis entre las matas y las ánforas, porque guarda vidas y secretos en sus entrañas. Es la mujer valiente de siempre pero ahora sabe que su verso vale. Por eso ya no cuida niñas y niños sino que pare y cuida poemas para que llenen de esperanza y belleza la vida.

CI DA/PC/15/02/18/7:15

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