Internacional

Trump y nosotros

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Siempre es tentador querer explicar cómo se crearon “las circunstancias y las condiciones que le permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe”, o en este caso, del principal líder en la política mundial. Valga la paráfrasis para señalar que el caso Trump podría abrir una nueva era de la política global. Atrás quedaron las denuncias sobre su patológica mitomanía, su racismo, su misoginia y sus trucos para evitar pagar sus deudas o evadir impuestos. Asumamos que eso ya es asunto del pasado. Donald Trump será el presidente número 45 en la historia de los Estados Unidos. 

El terrible encanto de la extrema derecha

La victoria de Trump hace parte de la cada vez más larga cadena de pueblos seducidos por discursos racistas e incendiarios en tiempos de crisis. Los avances del Frente Nacional francés y la extrema derecha austriaca, la xenofobia de los gobiernos de Polonia, Hungría, República Checa, y Eslovaquia, o la victoria del Brexit capitalizada por el UKIP, ya eran avisos de incendio. En estos casos se repiten ciertos patrones. Los nuevos líderes hacen promesas de estabilidad en tiempos de turbulencias, y lanzan falsas soluciones para problemas genuinos[1]. El ejemplo más típico es el desempleo; la extrema derecha no busca ni frenar, ni regular el capitalismo neoliberal que lo origina, pero ante una clase trabajadora amenazada por la crisis, la varita mágica de la xenofobia contra los migrantes, que supuestamente privan de trabajos a la mano de obra local, tiende a ser muy efectiva electoralmente.

La flexibilidad del discurso de Trump pudo concitar factores muy diversos para ganar apoyos: el racismo de los suprematistas blancos, el conservadurismo típico del cinturón bíblico del sur, la mentalidad imperialista del americano promedio preocupado por la emergencia de China y Rusia, la rabia de los cubanos anticastristas molestos con la política exterior de Obama, las ansias de seguridad de los padres de familia, la búsqueda de una mano fuerte contra el integrismo islámico, la angustia de la clase trabajadora blanca desempleada, algunas opiniones críticas del libre comercio, e incluso un sector de votantes afectos a Sanders que jamás votaría por una Clinton. Puede sorprender, pero los estrategas republicanos reforzaron su estrategia para llamar el voto gay tras la masacre de Orlando[2].

En contraste, Hillary Clinton representaba el poder más tradicional en la sociedad gringa, ligado tanto a una dinastía política como al poder financiero de Wall Street. Los apuros que sufrió Bernie Sanders en la convención demócrata para convencer a su base electoral de apoyar a Clinton ya eran un síntoma de problemas. Su gestión como Secretaria de Estado, el irresponsable uso de su correo electrónico y la  actuación de un FBI parcializado en la contienda electoral, también jugaron en su contra. Para la izquierda, Clinton aparecía como una integrante del establishment tradicional, para los sectores conservadores era la simpatizante de la corrupción moral y la mando blanda contra el terrorismo (aunque de hecho la administración Obama batió el récord de soldados estadounidenses en misiones militares en otros países), y para los indecisos era una ex funcionaria investigada por su mala gestión.

El Ku kux klan como pensamiento utópico

Los Bush eran conservadores convencidos, enemigos de los derechos de las mujeres, los afro o los LGTBI, pero en sus discursos públicos tendían a mantener un discurso que no era abiertamente racista u ofensivo. Tales menesteres tendían a dejárselos a sus partidarios, o a esporádicas salidas de tono. Con Trump tenemos algo muy diferente, pues el núcleo duro de su discurso fue la xenofobia, la misoginia y el racismo; no fue electo a pesar de eso, fue elegido por eso.

La pregunta crucial es si estamos entrando a una era donde los políticos de Europa y Estados Unidos abandonen el filtro que los hacía adherirse al lenguaje de lo “políticamente correcto”, y desborden todo su arsenal de desprecio por la mayoría de la humanidad. Ese desprecio que generó todas las teorías racistas, machistas y homofóbicas que respaldaban el colonialismo y las limpiezas étnicas a finales del siglo XIX.

Tal pregunta solo se responderá con la lucha de clases. Me explico, tras la elección de Trump, miles de estudiantes en California y Arizona han salido a las calles para protestar contra el presidente electo. Tras su posesión como futuro presidente, las críticas al libre comercio y su promesa de generar nuevos empleos se estrellará con los límites de un capitalismo globalizado en tiempos de crisis. Es probable que se genere un nuevo espiral de luchas que debiliten al nuevo presidente.

Hoy el Ku kux klan está en la cima de su éxito político, pero tal alegría depende de una irrealizable utopía conservadora: el sueño de un capitalismo que genere ganancias a distribuir, pleno empleo, identidad comunitaria, pureza racial, y el fin de los antagonismos sociales. Cuando la utopía del capitalismo racista se confronte con la realidad de la crisis, otra será la historia, siempre y cuando las luchas se profundicen.

 ¿Elecciones?

 Gerald Cohen, un genial marxista analítico, decía que una verdadera elección solo tiene sentido si son razonables las opciones que se le ofrecen a quien debe elegir, en caso contrario no puede hablarse de una decisión genuina (de ahí que en su vida laboral los trabajadores casi nunca pueden “elegir” en un sentido estricto). La jornada del 8 de noviembre ejemplifica bien un síntoma de muchas democracias contemporáneas: las opciones no permitían una genuina elección. Algo así ocurría con las democracias europeas, en la competencia entre la socialdemocracia de la tercera vía frente a la democracia cristiana conservadora, ambos partidos aplicaban el mismo modelo económico, configurando una especie de partido único dividido en dos. Hoy esa ecuación ha variado, pues en muchos lugares el tablero político se polariza entre los representantes del neoliberalismo corporativo frente a los populismos de derecha. Vale para Estados Unidos en 2016, para una Francia que tendrá que escoger entre Sarkozy y Le Pen, para la reciente elección peruana, y es muy probable que ese sea el escenario de 2018 en Colombia (ojalá me equivoque, pero lo veo difícil).

Mientras en América Latina algunos sectores de izquierda tienden a llamar al voto útil para frenar al autoritarismo (y algo similar ha ocurrido en Francia), en Inglaterra, Europa del Este y Estados Unidos, muchos sectores con banderas de cambio social se han visto seducidos por los cantos del Caribdis conservador.

La nueva situación que afrontamos nos muestra la vacuidad del mal llamado “voto útil”.  Mientras el aparato demócrata insistió en vender a Clinton como la única que podía frenar a Trump, lo cierto es que el “socialista” Sanders hoy aparece como el único que realmente podía frenar al magnate. El avance de esa nueva ultraderecha se explica por la incapacidad de las izquierdas para canalizar el descontento generado con la crisis de civilización. El avance ultraconservador de hoy es resultado del conservadurismo de la izquierda.

[1] Defendí esta tesis en varias columnas, entre ellas una sobre el propio Trump: http://www.colombiainforma.info/opinion-trump-la-politica-de-la-irresponsabilidad/

[2] Ver al respecto, “Gay and voting for Trump after Orlando: how the right is eyeing the LGBT vote” https://www.theguardian.com/world/2016/jun/14/gay-voters-lgbt-conservatives-right-religion-trump

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