Pueblos

[Crónica] Yo no quiero salir de aquí porque este es mi territorio

2 nov. CI. – Don Julián, por los alrededores del 2005,  se arreglaba todas las mañana para trabajar la tierra que cualquier terrateniente le alquilaba en latifundios cercanos a la comunidad La Suprema (ubicada en María la Baja, Montes de María),  esto a cambio de la civilización de la tierra; a cambio de la alimentación del ganado; a cambio de la siembra de pastos. Tierras para producir vida a cambio de un pedazo de vida que engorde a las vacas. Nada es gratis en épocas liberales, ni la vida misma. Ahora su hijo, don Luis, sale a las siete de su casa hacia La Puya  y regresa a eso de la una, por poco menos que un “mínimo”. Almuerza y sale a defender su identidad apunta de trabajo, porque la sangre ya se derramó.

La Suprema

La suprema es un lugar agreste, su existencia, como tal, es una alegoría a la relación directa entre el hombre y la naturaleza. Aunque la violencia le arrebató partes importantes de su identidad, y el posconflicto le sigue arrebatando la seguridad alimentaria, sobrevive de la manera más sorprendente y admirable, con acciones que posibilitan que sus habitantes puedan quedarse en sus hogares. 45Es un ejercicio de resistencia, como de un boxeador amateur que asiste a una pelea profesional que cree perdida, pero se sale a morir, acierta pocos golpes y recibe otros, sin dejar de levantarse, esperando que algún día esos brazos se cansen de golpear.

La tierra

Uno de los golpes más fuertes tiene el color de la tierra y reproduce la vida si la sabes cultivar. La palma africana comenzó a llegar a este lugar cuando la crisis del petróleo evidenció la necesidad de crear alternativas a ese líquido negro que mata al mundo y mueve ciudades; aparecieron, entonces, los biocombustibles. La compra masiva de tierras por la élite colombiana en los Montes de María fue el reflejo de esto; la clase alta trajo el monocultivo de palma africana y la trajo con intensión de dejarla al precio que fuera: a sangre, a fuego, a despojo, a dolor, a engaños, a enfermedad, a muerte.

La violencia

Una tierra golpeada por la violencia directa hasta el 2006, como nos dijo Don Julián y nos relató Don Luis, en donde la muerte estuvo presente, siniestrada deliberadamente por grupos paramilitares que se aprovecharon de su estadía en defensa de intereses ajenos (palma africana) para matar en nombre del amor. Sí, leyó bien, del amor. Los contratos sentimentales eran tan comunes como los de control y menos que los selectivos. Algunos habitantes aprovecharon la presencia y mandaron a matar por celos, a desplazar por celos, por uno o dos millones los paras se deshacían de alguien sin la menos contemplación.

La palma

El ahora de este lugar no es menos difícil que antes, pues tres cosas abundan en el territorio: niños, puercos y palma. La Suprema, su existencia, es un proceso de resistencia. Bajo estas condiciones se encuentra la comunidad. Las tierras que la rodean al sur, al norte, al oriente y al occidente… ¡Por todo lado hay palma! ¿Y la yuca pal’ bollo? Pues está a media hora; media hora a pie rodeando los cultivos de palma -hasta llegar a la parcela comunitaria-, porque está prohibido atravesarlos. La palma es la propiedad privada con grupos armados que la protegen.

El agua también es un problema agudo en La Suprema. La Puya está al lado del sistema de riego y de la represa –está al lado de todo-, distribuyendo sus pesticidas como polen en el líquido que da la vida. Esto ocasiona la muerte masiva de peces, los cuales hacen parte de la cultura y de la seguridad alimentaria de la comunidad de La Suprema.

-No entren allá, está contaminada –Decía don Luis con tono de preocupación–, si entran les comienza a picar la piel.
– ¡Y los niños! –dijo Carlos, alarmado– ¿Por qué se bañan allá?
-Ahora yo vi una niña lavando la ropa, –discute Alejandra– ¿Eso no les hace daño?
– ¡Ajá! Uno les dice que no lo hagan –contestó Don Luis con un tono indignado-, pero ellos lo hacen. Igual no hay más, la poca agua potable que nos llega no alcanza, a pesar de que tenemos la planta de tratamiento de agua aquí, ¡aquí en la comunidad!

Pero aquí no se deja de sufrir la palma. El corozo no deja de repartir golpes y el ser humano no deja de mostrar su gran capacidad de adaptación. Pasar de alquilar tierras para cultivar alimentos en la inmediatez, a tener una pequeña parcela a media hora de camino que solo se puede cultivar de dos a tres horas al día, de dos a cinco de la tarde, antes de que las mujeres se preocupen y los hombre salgan en una misión de búsqueda y rescate. Pero, ¿Por qué dos o tres horas? Porque la vida cambió, ahora la única forma de mantenerse en sus hogares es trabajar de manera informal, o con contrato, en la palma –como nos dijo Don Julián-, de las siete hasta la una se arriesgan a que les caiga un racimo de corozo, de una altura de hasta doce metros.

– ¡Ajá! ¿Pa’dónde va? –preguntó Don Julián, mientras ve pasar a una señora con un balde en la mano–
– A coger corozo –respondió ella–
– Aquí tenemos una doble vida –replicó Don Julián, ahora refiriéndose a nosotros–, la mitad del tiempo somos campesinos, la otra mitad trabajamos en la palma.
-¿Aquí hay corozos? –preguntó Carlos– Yo no he visto.
-Aquí corozo le decimos a la palma –responde Don Julián–, por lo que da, que se parece al corozo.

Los cerdos

Los cerdos son otro común denominador. Hay tantos caminando por todo lado que los visitantes, después de la primera impresión, se acostumbran al paisaje. Lo cerdos se pierden en la palma –¿y la gente no?–, en “la tierra del posconflicto”, los dueños del lugar donde se siembra veneno dan la orden de matar a todo animal que se encuentre; cada que un cerdo entra a la palma, hay marranada. De allí nada sale.

Los niños

Los niños son la vida de aquel bello lugar, las prácticas propias de los niños son el principal atractivo. Ver niños corriendo, jugando, trabajando, con unos valores y una educación sin afán, propias de un campo que quiere guardar sus raíces a pesar de los problemas. Tener la paciencia de hacer un trompo de madera a machete, de lijar un clavo hasta que tenga una punta reconocible. Una practica trasmitida de generación en generación propia de los niños.

Sabores y Saberes de mi tierra. 2015. Niñez campesina cuenta sus historias en la parcela comunitaria. María la Baja

Sabores y Saberes de mi tierra. 2015. Niñez campesina cuenta sus historias en la parcela comunitaria Puerto Luna.

Mientras haya niños, hay futuro, mientras se construya desde ellos, hay futuro y mientras haya futuro hay esperanza. Estos niños interesados en sus tradiciones, en adquirir los conocimientos de su historia, en reproducir saberes y hacer conocer las problemáticas de un pequeño lugar del cual no aparece el nombre en ningún mapa (La Suprema), trabajan en y para su territorio. Trabajos como el documental “Sabores y saberes de mi tierra”, elaborado por C.D.S9 (Corporación Desarrollo Solidario), con la participación activa de la Asociación Campesina Primero los Niños (La Suprema), una historia dirigida por lo niños, en la que entrevistan a sus adultos sobre los conocimientos tradicionales, donde los saberes se trasmite por los sentidos y las palabras. Trabajos como este forman a los niños como promotores, constructores y defensores de un territorio.

¿Qué es el territorio? ¿por qué quererlo y defenderlo?

“El territorio para nosotros es, por decirlo así, nuestra vida, porque es aquel que nos brinda todo, absolutamente todo. El territorio nos brinda los alimentos, nos brinda el agua, nos brinda el oxígeno, nos brinda todo. Entonces es como nuestra identidad. Por eso el territorio para nosotros es amor, es como nuestra vida porque, ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos territorio? ¿Si no tuviéramos naturaleza? Nada. No seríamos nada. Entonces para nosotros los campesinos el territorio lo es todo y si no tenemos territorio no somos nada. Porque, ¿qué pasaría si un campesino que está acostumbrado a cultivar, de un momento a otro lo sacan de su tierra, lo desplazan y lo echan pa’ la ciudad? ¿Qué va a hacer en la ciudad? Si uno no tiene experiencia en la ciudad, va es a sufrir, a pasar hambre, porque se saca de sus quehaceres diarios. El campesino está acostumbrado a su territorio, al amor a su territorio y lo desplazan de ahí a hacer otros trabajos al los que no está acostumbrado, el campesino va a sufrir. Entonces el territorio para nosotros, lo es todo”.

“El territorio es de uno. Uno lo defiende, uno brinca, salta, –replicó Don Julián– porque en este pedacito, en este pedacito que es mi territorio no me pasa nada; puedo dormir tranquilo, vivo feliz. Pero si me desplazan de aquí pierdo comunicación con todo el mundo, empiezo a pasar necesidades; en la ciudad estaría en peligro. Pero aquí no, aquí puedo hacer la pantomima que quiera, “quién sabe qué tendrá el hoy”, pero no me discriminan por lo que soy […] Yo de aquí no quiero salir porque este es mi territorio”.

CI DT/DM/2/11/16/15:10

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